Silvina Lamazares
Uno lleva más de 50 años de teatro, el otro va por la
primera obra de texto. Vienen de carreras y generaciones diferentes y "Visitando
al Sr. Green" los juntó sobre un escenario. Cuando bajan, siguen
moldeando el vínculo que empezaron a tejer desde el afecto.
No
ha de haber muchas frases más bellas, ciertas y esperanzadoras que aquella
de la vida te da sorpresas. De eso, se nutre, en parte, el misterioso
encanto de seguir andando. Seguir andando mientras se traza el propio
camino, que puede llevar vaya uno a saber dónde, pero con la certeza de
por dónde uno no quiere pisar. Y en esos andaban ellos, transitando rutas
dispares, cuando un día la vida los cruzó y se permitieron saborear las
mieles de un buen encuentro. "Encuentro" no de toparse a la vuelta de la
esquina, "encuentro" como celebración. Así, al menos, lo viven Pepe
Soriano y Facundo Arana, a quienes el trabajo juntó ahora arriba de un
escenario, del que se bajan para hablar de bueyes perdidos, para
escucharse, para atenderse, para abrazarse. Para no perderse, al menos,
esta sorpresa que les dio la vida.
A días de estrenar "Visitando al Sr. Green" —desde el miércoles en el
Multiteatro, con dirección de Santiago Doria—, una tarde de éstas el
camarín de Facundo fue testigo de una charla distendida, a media luz, a
medio tono, sin medias tintas y con el silencio ajeno como mejor registro
ante la palabra. No se pisan en el decir, no se elogian porque sí, se
miman cuando les da la gana y, más allá de que el escenario los pone sobre
un mismo plano, cada uno sabe sobre qué baldosa está parado. Soriano llega
a la cita con más de 53 años de teatro, Arana está por debutar en una obra
de texto, pero con una nutrida trayectoria en la pantalla chica. Y cuando
intenta colocarse bien lejos de su compañero, el hombre al que le sobran
tantas anécdotas como humildad saca una de sus frases que no van a debate:
"La historia curricular quizás pese más para la gente de mi generación.
Pero frente a cada trabajo, lo mejor es ir con la mayor ingenuidad. Pasa
como en el amor: vos te encontrás con alguien y todo el background que
traés no te sirve para nada. Tenés qué ver qué pasa en ese instante con
esa persona. Además, la diversión arriba del escenario no es acumulativa".
Como buen anfitrión, Arana le cede a Soriano el mejor sillón del camarín,
uno de mimbre, cómodo, en el que el histórico loro calabrés —el
emblemático unipersonal que interpreta desde los oscuros años de la
dictadura— le abre el cierre a sus recuerdos.
Sabe, viejo y sabio conocedor de la vida, que cada decir y cada callar —en
este encuentro a puerta cerrada a té y café con palmeritas— es seguido con
atención, sin solemnidad pero con profundo respeto. Se lo tiene ganado,
claro. Pero como si se aflojara de un tirón la corbata que no tiene, dice
que "cuando te descuidás, la gente te empieza a poner pedazos de bronce en
los pies, en las piernas, en las rodillas y un día ya no sos una persona
ni un actor. Sos un bronce y terminás hundido por el propio peso. Y debajo
de eso quedás asfixiado. No, a mí dejame respirar. A mí dame libertad".
Con el pelo más corto que el que lucía su Padre Coraje, Arana confiesa que
"la posibilidad de trabajar con él hace que el resto se vuelva un detalle.
Ya el tema del debut o de los miedos frente a un público nuevo se
resignificaron a partir del momento en que supe que mi primer paso sería
con Pepe. Imaginate... Me genera la presión más divina. Su nombre me
obliga a multiplicar esfuerzos para tratar de estar — y ojo que digo
tratar— a la altura de semejante monstruo". El monstruo sonríe.
Y luego activa la memoria —verbo que ejercita como una militancia ética en
la vida— para compartir su primera obra: "Yo empecé a estudiar teatro a
los 19 años, con Cunill Cabanellas. Y debuté profesionalmente a los 22,
aunque ya había tenido varias experiencias en teatro independiente. El
estaba por montar "Sueño de una noche de verano" en el Colón y me dijo que
quería que hiciera de Puck. Como yo era un don nadie, hubo presiones y
terminé haciendo un cómico del palacio, un papel muy bello. Por entonces
yo no sabía percibir el canto del silencio y la primera noche estaba
desorientado porque nadie reía ni lloraba. Cuando moría decía
adiós, adiós,
adiós. Sonó un aplauso tremendo y yo temblaba en el suelo sin mucha
conciencia. Cuando terminó la función, vino el maestro al camarín, yo
estaba sentado frente al espejo, aturdido y tratando de entender lo que
había pasado... Me dio vuelta, me abrazó y, llorando, me dijo
Serás actor.
Y de peluca. ¿Sabés qué quiso decir? Esto es lo tuyo y tendrás que
componer, no te queda alternativa. Claro, yo ya me había preguntado frente
al espejo Qué hago con esta cara y esta estatura".
El tiempo, como siempre, da su veredicto.
De jean, caricia amable y emoción compartida al descubrir que "Pepe tiene
muchas cosas de mi viejo. Es fantástico comprobar que él maneja los
códigos que me inculcaron mis padres", Facundo confiesa que no dudó ni
medio segundo cuando Santiago Doria lo convocó para la obra (sobre el
encuentro de dos almas en pena que les ganan a sus oscuras soledades): "Me
hablan de hacer teatro, yo lo pienso porque imagino el qué dirán,
agradezco, pregunto quién será el señor Green. Me dicen
Soriano. Digo Vamos. Obvio, ni en el mejor de los sueños pensaba en esta realidad. Es un
placer compartir con él un escenario, un café, la vida. El sabe todo lo
que tuvo que atravesar para no correrse de su meta. Jamás se bandeó. ¿O
miento Pepe?".
Pepe sabe que no miente, Pepe sabe de la enfermedad que superó Facundo
hace 16 años —una especie de cáncer linfático— y entonces dice "ni toda la
guita del mundo le hubiera servido. Por suerte se recuperó y es un tipo
increíble en todo sentido. Pero el destino que nos toca a todos no
justifica hacer macanas. Yo quiero seguir viviendo sin hacer concesiones.
No son necesarias. Ni las ideológicas ni las discursivas. Por ejemplo,
cuando subo al escenario, no tengo idea de si es su primera o su décima
obra. No lo registro. Lo que sí registro es que da respuesta a lo que
tiene que hacer. Si no la diera, yo me correría".
¿Te hubieras ido?
Soriano: Sí, sí, absolutamente. Por respeto a los dos. Soy
muy capaz de esas cosas. Siento que cuando trabajo a contrapelo estoy
provocando malhumor a mis compañeros. Y ¿qué derecho tengo yo a eso?¿Y qué
derecho tengo yo sobre mi vida a amargármela?
Arana: Yo avisé antes de ensayar. Dije voy, me paro, hago mi
trabajo, veo cómo me siento y después resuelvo. No pude sentirme mal, Pepe
me la hizo fácil. Pero tenía decidido irme si me descubría sin
herramientas.
Soriano: ¿Ves? Eso lo hace buen tipo. Eso lo hace diferente.
Un elogio de Soriano, una emoción en la mirada celeste de Facundo, abrazos
apretados, código, risas que contagian, almas abiertas, todas pinceladas
de una tarde para guardar en el bolsillo de la memoria. No fue gris la
tarde de otoño. Fue maravillosa.
Facundo Arana según Pepe Soriano
"Facundo
viene por buen camino. No le doy consejos porque no sé darlos. Le cuento
cosas del oficio y le pido que tenga mucho cuidado con los cantos de
sirena. Que cuando uno está arriba hay mucho, pero mucho adulón. Y que hay
que saber dónde está el verdadero afecto. Porque en esta larga historia,
en la que uno nace sin su voluntad y muere contra su voluntad, hay que
saber distinguir —sobre todo en el tercer acto, el del final— la gente que
a uno le hace bien. Eso, humildemente, es lo mejor que le puedo decir, yo
que he vivido...".
"El público más teatral va a descubrir a Facundo en lo inimaginable,
porque, en general, suele funcionar mucho el prejuicio, la mirada
condenatoria a partir de una sensación y no de una certeza. Puede ocurrir
que alguno crea que porque él viene de la televisión no sepa hacer teatro.
Bueno, ése se va a equivocar fulero. Muchos, estoy seguro de lo que digo,
se van a llevar una sorpresa".
"Por suerte, Facundo no es de esos actores que trabajan para ganapán. El
trabaja desde el compromiso, la entrega, las ganas de pasar y hacer pasar
un buen rato. Trabaja a conciencia".
"Ya en el primer ensayo me di cuenta de su capacidad. La intuía, pero
recién la comprobé en el escenario. Ese día supe que esto podía hacerlo
muy bien y me puse contento... contento por los dos. Ojo que no es una
concesión porque es joven, bonito y bla, bla. No. Lo que digo lo digo sin
ningún tipo de atenuante".
Pepe Soriano según Facundo Arana
"Más allá de lo que yo haga o de cómo lo haga, lo que quiero es
homenajearlo con el trabajo. Pepe tiene una energía envidiable, una
actitud que te conmueve. Con lo que dice, con lo que hace y con lo que
calla, me deja una huella muy marcada como ejemplo que quiero seguir. Una
huella noble, honorable, digna... una huella que se distingue fácil entre
las del montón".
"A mí, desde siempre, me gusta contar un cuento: tocando el saxo en una
estación de subte, trabajando en la tele, en un escenario. Y ese mismo
espíritu lo encontré en él. Pepe es la confirmación de que aquella utopía
de contar un cuento es posible. Poder verlo o poder sentarme a tomar un
café y escucharlo es maravilloso. Es balsámico".
"Pepe tiene una cosa genial, entre muchas otras, y es que no tiene edad.
Tiene la mirada transparente, es crítico desde la más profunda buena
voluntad y laburante desde la más profunda necesidad de vivir. Y eso me
contagia... no me lo quiero perder".
"Ahora, más que nunca, estoy convencido de que es más fácil la generosidad
de la necesidad que la generosidad de los que saben de la vida. Encuentro
mucha gente de mi edad con la necesidad de aprender y muy poca que haya
recorrido un largo camino y que aún así tenga la generosidad de hacer así
y estirar la mano y decir tomá lo que quieras. Ese es el caso de Pepe, es
el caso de mi viejo, es el caso de la gente que admiro".
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