María Fernanda Guillot | CLAUDIO DIVELLA
No es de esas personas que se emborrachan con su propia
verborragia. La charla de Facundo Arana (32) tiene tantas pausas como
vehemencias. Pero si uno escucha con atención su vocabulario encontrará
palabras que se repiten como mandalas. En su diccionario particular, los
términos “vida" y “magia” parecen tener otra sustancia que la de simples
enunciados.“Estás sentado en un bar, en una tarde como ésta, y por la
calle pasa una persona que no conocés. Se miran a los ojos y en lo que
dura un parpadeo se dicen un montón de cosas. Se conectaron. Después, cada
uno sigue su camino. ¡Waw! Es magia. Como un gesto o la palabra adecuados,
esa mujer que sentís única, levantarte a la mañana y que haya un buen aire.
La vida te da mucho de eso pero hay que estar atento. Yo trato de estarlo
todo el tiempo”, cuenta. Hijo de un abogado y una ex jugadora profesional
de hockey, el actor heredó su primer nombre: Jorge, del padre. “Pero tengo
esa identidad sólo en el documento. Desde siempre fui Facundo. Casi por
razones prácticas. Si en casa alguien decía: ‘Vení, Jorge’ íbamos los dos.
Soy el único varón de los cuatro hermanos. No guardo registros de haber
sido malcriado pero seguramente fui mimado y consentido. La verdad es que
me divertí mucho durante mi infancia y mi adolescencia”, admite. En 1989,
cuando tenía 17 años, le diagnosticaron mal de Hodking: un cáncer que
afecta al sistema linfático. La quimioterapia le hizo perder el pelo pero
le devolvió la salud. Facundo Arana elude el recuerdo de pavores, furias y
desconciertos. “No me gusta hacer bandera de eso. Todos tenemos
sufrimientos y quebrantos”, resume. Hoy prefiere entregarse a otras
historias: las ajenas. Como la de ese falso cura bandido de los años ’50
que interpreta en la telenovela “Padre Coraje”.
—¿Es casual que todas las novelas que usted protagonizó
en los últimos años hayan sido las de mayor rating?
—La verdad es que no pienso demasiado en los números.
Somos cien personas las que hacemos “Padre Coraje”. Después hay
alguien que enciende la televisión todas las noches y juega a creerse la
historia que vos le contás. Se conmueve con tus lágrimas y se alegra con
tus risas. Eso repercute en mí con una satisfacción inmensa. Me hace
sentir que tengo el mejor trabajo del mundo. Lo elegí a los 15 años,
cuando empecé a estudiar teatro con Alicia Muzzio. Nunca me propuse:
“Quiero ser médico, arquitecto o filósofo”. Tuve muchas vocaciones y las
cumplí a rajatabla. Tocar el saxo, dibujar, ser músico, actuar, cantar,
viajar.
—¿Por qué prevaleció la actuación?
—Me divierte y tiene mucho de magia. Me gusta el proceso
de buscar el personaje. Coraje fue uno de los que más me costó. Eran tres
personajes en uno: el falso cura, el disfrazado de bandido y el verdadero
Coraje. Es un forajido sin serlo, porque tiene un alma muy noble. Todo
esto tenía que verse. Tuve muchas charlas con el autor, Marcos Carnevale y
con Adrián Suar para ver qué era lo que querían y lo que yo podía aportar.
Nació con timidez y después estalló. Cuando hacés un programa que funciona
bien con gente que no es conflictiva, uno tiene que estar preparado para
enfrentar los rumores más disparatados. Como los de mi supuesta pelea o
mala relación con Nancy Dupláa. No me provoca ni indignación ni enojo. Me
río a carcajadas porque nada puede ser más absurdo que un enfrentamiento
de divos entre nosotros. Son ridiculeces que no empañan la alegría por el
resultado de nuestro trabajo. Detrás de eso hay jornadas de grabación muy
exigentes. Tengo entre quince y veinte escenas donde peleo, me desilusiono
y me apasiono. Todos los días sufro por amor.
—¿También en la vida real?
—Todos los días sufro y gozo por amor. Uno no se entrega
al otro con un escudo protector.
—¿Cuándo fue la primera vez que conoció el amor?
—Toda vez que lo sentí. Cada una de las veces que aposté a
ese sentimiento. Más allá de si funcionó o no la relación, sé que jamás me
equivoqué en ese aspecto. Había un lugar que yo permitía que se ocupara de
la mejor manera. Es muy fácil mirar hacia el pasado y afirmar: “Con ésta
no fue amor; con ésta, sí”. Yo vivo cada cosa como si fuese la última, a
full. Y me gusta que sea de esta manera. Me da el derecho a reir a
carcajadas y llorar a los gritos. No tolero la media sonrisa.
—¿Qué es lo que más admira de su mujer, Isabel Macedo?
—Es raro, pero no parece que hace ocho años que estamos
juntos. Con tanto tiempo compartido, uno da por supuestos cierto
aplacamiento y un poco de rutina. No es nuestro caso. Nos divertimos mucho.
Todo el tiempo nos sorprendemos uno al otro con cosas chicas pero de gran
trascendencia. Algunas las provocamos y otras suceden naturalmente.
Tenemos un pedazo de relación. Somos muy compañeros y hay mucha onda entre
nosotros. Es una excelente actriz, cantante y bailarina. Los dos estamos
muy contentos con la carrera del otro y con la propia. Admiro tantas cosas
de ella. Es muy difícil contar públicamente cómo me afecta su mirada justa,
su ser mujer. Tendría que hablar de temas íntimos. Uno se da cuenta de
cómo es una persona en cosas muy precisas. Cuando la veo que protege como
una leona, pelea como una pantera y me cuida y quiere como a un cachorro.
Esto, sumado a lo que admiro en ella como mujer, me produce sentimientos
que sólo le cuento a Isabel. Y al oído.
—¿Hay alguna zona en especial del cuerpo de ella que
usted considera como su propia geografía?
—Se me viene mucha anatomía a la cabeza. Pero si trato de
hacer una precisión dejo de lado al resto. Y es muy total lo que me pasa.
¿Por qué destacar una caricia y no mencionar una mirada? Quizás por hablar
de un silencio le resto importancia a nuestras charlas. Cuando yo busco
amor o serenidad en mi mujer, ella me lo entrega con todo su cuerpo. Esa
sería mi mejor geografía.
—¿Este es un buen momento para ser padre?
—Hace rato que lo es. Tengo muchas ganas de tener hijos. Y
vendrán, si Dios quiere. Mientras tanto, nos dedicamos a buscarlos. Que es
una etapa del proceso muy divertida.
—¿Conserva alguna cualidad intacta de ese nene que
alguna vez fue?
—Tengo una buena cuota de inocencia frente a todo, sin
llegar al límite de la tontera. Es una medida justa y linda de ingenuidad,
que me permite ir por la vida libre de suspicacias o recelos. Pero no es
la inocencia pura de mi niñez. Es imposible preservarla, a no ser que te
vendes los ojos y oídos. Pero uno está obligado a ver y escuchar. Yo leo
dos diarios por día: “La Nación” y “Clarín”. No puedo estar ajeno a que
Rusia acaba de caer en la misma crisis que atravesamos nosotros en 2001. O
que el Lloyds Bank se está yendo de la Argentina. La verdad es que añoro
un poco esa inocencia inmaculada.
—El año pasado usted escaló el Aconcagua. ¿En quiénes
pensó cuando alcanzó la cima?
—Por la cabeza se te cruza un pantallazo, que contiene a
todos los protagonistas de tu vida. Estén o no en este mundo. Llegás con
el alma a flor de piel y el cuerpo entregado. Con el ánimo justo para
darle un beso a la cruz que hay allá arriba. No más que eso. El proceso de
escalada es muy arduo, con temperaturas que te lastiman la piel. De pronto
aparece un viento de la nada y te tira al piso. Tratás de buscar una
bocanada de aire pero lo poco que inspirás parece que no te llega a los
pulmones. Nunca antes había hecho andinismo. Ví esa montaña y me volví
loco, quise escalar hasta su pico. Es maravilloso asumir un desafío y
poder cumplirlo. Durante 2003 recorrí el país en mi camioneta junto a mi
mujer y mi perra Pampa. Después de tantos años de haberle puesto la vida
al trabajo necesitaba un tiempo para mí mismo. Había cumplido los 30 años
y consideré que era un buen momento para hacer una pausa y reflexionar,
antes de embarcarme de lleno en un nuevo proyecto. Lo del Aconcagua no
estaba en mis planes pero escalarlo fue revalidar mi título de vida.
—¿Qué otras instancias tuvieron la calidad de ese logro?
—Vivir. Mantenerme acá, a pesar de todo. Convivo con
tormentas tremendas y alegrías imposibles de describir. Sin culpas por mis
tristezas o euforias. Con la tranquilidad de haberme ganado mi derecho a
ser y estar. Ese es mi mayor trofeo.
http://www.caras.uolsinectis.com.ar