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"A los 35 vivo el amor con las tripas y arañando el techo".

Sebastián Soldano

Se instaló en España, durante dos meses, donde rodó un filme y celebró la llegada de sus 35 años. De regreso a su querido Palemo Viejo, Facundo hace balance: valora su experiencia en Europa, habla de cómo se siente con un año más, de sus proyectos y los rumores de un nuevo romance.

Seguir viendo la vida con ojos de niño, tal vez no sea una cuestión de madurez, sino tratar de estimular el asombro con la capacidad natural y espontánea de evitar que la inocencia se lo lleve consigo. Y así anda, con un carnet de vuelo en un bolsillo, el reclamo de la popularidad, que dejó colgada con cientos de propuestas en alguna esquina argentina, y la llave que abre su celosa intimidad y se niega a encontrar. Así de impredecible es Facundo Arana (35), tanto como que al llamarlo responda al teléfono desde algún lugar de la Mater España.

Madrid. La gente en la calles comenta que la llovizna que ha comenzado es la antesala de una tormenta de varios días sobre la ciudad. De todos modos, un aguacero no sería nada que la curiosidad de Facundo no pueda sortear. Ni la sensación térmica de los 5 °C que una fiel compañera de itinerarios como su chaqueta militar, no pueda alivianar.

Desde Plaza de Oriente por Bailén va sonando un celular y las farolas de la Gran Vía se encienden consecutivas, a la vez que se apagan las luces del cielo tras la iglesia Del Carmen, en la cuenca del Manzanares.

“Da la impresión que acá, en Madrid, las baterías de estos aparatitos duran menos”, se le oye decir hasta el saludo. Y después, un monólogo entusiasta. Como el de un chico que descubre el plus más allá de la experiencia. “Esta ciudad me sorprende en cada esquina, ahora sé de qué habla todo aquel que la visitó alguna vez. Los madrileños son particulares, aquí el que es cabrón es cabrón de movida, y no deja de caer simpático por eso. Y el humor y la diversión son cosa seria. Saben cómo pasarla bien.”

—Dicen que lo vieron tocando el saxo en una tasca del Paseo de la Castellana durante una noche de ronda madrileña…

—Aquí hice buenos amigos que se ocupan de hacerme conocer sitios interesantes y varias noches en la semana solemos colgarnos horas improvisando en los bares. No traje mi saxo, pero no es difícil conseguir uno cuando hay ganas. Por estos lares son largas las veladas de zapeo.

—¿Qué ve mientras camina?

—Muchos bares de tapas, que no sabía lo que eran, y me fascinaron. Me hice adepto a la comida madrileña como el cocido, los bocadillos de calamares, los churros y los callos. Es lo que se huele ahora mismo. La historia que hay en todos lados es increíble, y del arte ni qué hablar. En este momento estoy parado frente a un edificio del siglo XIII, y al lado hay uno recién inaugurado. La arquitectura es tan ecléctica que combina pasado y presente de una manera perfecta. No conocía España, y la estoy disfrutando a pleno.

—¿…como a las madrileñas?, porque no creo que no haya ninguna a la vista.

—Voy a ser absolutamente honesto. En el mundo entero no existen mujeres como las argentinas. No las hubo, no las hay y no las habrá. De hecho, estoy caminando y entre toda la gente que se cruza no veo una que iguale a una chica de las nuestras.

Desde el 12 de marzo, en Madrid, Facundo es parte del elenco protagónico en el rodaje de “Tocar el cielo”, una coproducción argentino-española dirigida Marcos Carnevale que dio inicio a los planes de filmación el 19 de febrero, en Campana, Buenos Aires.

Con planes de estreno para el 26 de julio y un presupuesto de realización de más de dos millones de euros, el filme cuenta con China Zorrilla, Betiana Blum, Lidia Catalano y los españoles Raúl Arévalo, Montse Germán y Chete Lera, entre otras figuras de renombre. “Un equipo de primera -como lo define Arana-. Con un guión de semejante calibre y el talento de estos actores, no me queda otra que preocuparme por estar a la altura de ellos. Betiana fue una de mis primeras profesoras de teatro, y con China nos une un vínculo entrañable desde que hizo de mi abuela en ´099, Central´. Esa mujer es una bestia, me dice ´mirame a los ojos´, y yo ´entro´ en sus ojos.”

La Plaza del Callao abre el cielo en la Gran Vía. Facundo vuelve la mirada a lo que cruza en su andar y todo en él le genera comentarios de asombro.

—No cambiará el surf en Miramar, el montañismo en el Aconcagua o el vuelo en aeroplano sobre el Río de la Plata, por el estilo español que lo tiene entuasiasmado…

—Jamás me instalaría en otro país. No resisto ni seis meses fuera de casa. Soy muy familiero, y disfruto viendo a mi gente aunque sea un segundo. Me la banco por un rato, pero después me pesa la distancia.

—¿Qué cosas le hacen “el aguante”?

—Lo que llevo encima siempre que salgo de mi país: el colmillo de madera tallado por un artesano argentino que me enseñó ese arte, mi pulsera de cuero, el mate y el termo, la bandera argentina tatuada en el pecho y las entradas para ver a la Selección, si es que juega en el lugar donde caigo.

—¿Cómo es caminar por la Gran Vía sin el tedio del “cholulismo”?

—La diferencia es que en Buenos Aires, salgo a pasear por Palermo y me saludo con todo el mundo, mientras que acá sólo lo hago con los latinos que me reconocen y algunos europeos atentos a mi carrera.

—Pero el anonimato tienta a portarse mal.

—No hago nada de lo que no haga en la Argentina.

—¿Entonces, en Madrid, también se toma tiempos de soledad?

—Sí, claro. Hace poco aproveché algunos días libres, dejé el apart céntrico en donde vivo, y alquilé una Harley Davidson para perderme por ahí. Me gusta elegir un camino y dejarme llevar sin la presión del tiempo ni la dependencia de alguien que me traslade de un lado a otro. De este modo visité varios pueblos y ciudades, y no puedo describir lo que fue parar a almorzar en Barcelona, frente al Mediterráneo.

—El de su moto, un juego casi azaroso similar al de su carrera.

—Puede que sí. Nunca creí en las metas a largo plazo en ningún ámbito de mi vida, ya sea personal o artística. Apunto al presente y pongo la mira en las cosas que me gustan hacer. Hoy siento la necesidad de parar la pelota, mirar, explorar y decidir. Ahora estoy en Madrid porque elegí hacer esta película, esto me tocó y lo disfruto. Y me gustaría que el 2007 traiga más cine a mis planes, porque con tanto reality, no creo que sea un buen año para la ficción televisiva.

—¿Es verdad que el director indio Rajat Mukherjee le envió una propuesta para ser parte de su próximo filme sobre el FBI y los atentados terroristas, protagonizado por Richard Gere?

—Sí, tuve una entrevista con él.

Sin pretender simular, consulta con su manager. “¿En qué quedó lo de la peli de Holywood? -se le oye preguntar lejos de la bocina del teléfono-. Se viene una reunión para definir algunos temas. En primer lugar, quiero evaluar si me encuentro en condiciones de cargarme con un proyecto en otro idioma. Sé hablar inglés, pero no es fácil interpretarlo en un guión y menos con acento texano. El personaje es muy rico, pero no voy a comprometerme ´a medias´, porque no lo haría ni siquiera para un video de la escuela de cine. Digo sí, cuando estoy totalmente seguro. Hay pocas posibilidades como estas en la vida y, a pesar de la prisa con la que piden la respuesta, necesito tomar la decisión con mente fría.”

—¿Por qué le dieron ganas de hacer “Tocar el cielo”?

—Porque leí el guión, y me llegó hasta el alma. Es tan deliciosa, reflexiva y sutil que cuenta mucho sin decir demasiado. Estábamos en casa, mateando con Marcos, cuando me mostró el texto argumental de la película y le pedí participar. No podía quedar fuera, tenía que estar, aunque tan sólo sea como apuntador. Ser parte, es realmente un lujo que me estoy dando.

“Tocar el cielo” describe varias historias hiladas entre sí, de relaciones nada convencionales, en la que juegan la emoción y el intelecto en el tablero de lo cotidiano: la culpa, la frustración, la amistad y el amor.

Y en esa trama de situaciones, a Facundo le cupo el papel de Santiago, un bon vivant de 35 años, rebelde y despreocupado. Un soltero empedernido que, a partir de un hecho que marcó su infancia, siente fobia a los compromisos.

—¿Santiago y Ud. se parecen?

—Ambos somos aventureros, pero yo soy consciente del peligro, cosa que a él no le preocupa. Tenemos formas diferentes de encarar la vida, porque él no afronta las situaciones adultas, las esquiva. Compartimos la pasión por las motos, la misma edad, tal vez la falta de necesidades contundentes en la vida, pero Santiago busca un modo de vida más cómodo y divertido. Él tiene un tema importante con el compromiso, se lleva el mundo por delante y no toma decisiones. Tanto, que yo lo catalogué como “soltero vocacional”, porque vive sin culpas y con toda la diversión. En su historia no hubo ni hay un hecho que le haya demostrado que existen otras opciones.

—“Soltero vocacional” y aventurero, a los 35 años…

—(Ríe, pues advierte la intención)… de lo que sienta al respecto, seguro tendré una charla rica y extensa con mi gente, pero es algo que jamás hablaría con la prensa.

—Después de más de una década de celebrarlo en compañía de un amor, el sábado fue el primero de sus cumpleaños en soledad…

—¿Y quién dijo que estoy solo?.

Virgen de los Peligros y la Gran Vía, la intersección que lo sorprende con música callejera de ritmos típicamente ibéricos. Un disparador no tan necesario para que Arana se entusiasme en un diálogo sobre música. Así es como recuerda una de las noches previas al comienzo del plan de rodaje en la Argentina. Porque fue en el barrio de San Telmo donde Facundo, Carnevale y Lito Vitale, dieron rienda suelta a la banda de sonido del filme en cuestión. “Lito nos recibió en su estudio –comenta–, y con piano y saxo grabamos el tema principal de la película. Además, y para sumar al valor de la experiencia, el guión me inspiró, me animé y compuse una melodía para piano.”

—Seguramente no faltó música en el festejo de su cumpleaños…

—Ni música, ni afectos, ni horas de rodaje, porque comencé temprano. Mi hermana viajó con mi sobrino desde Suiza, donde viven, y algunos amigos lo hicieron desde Buenos Aires para acompañarme. Prepararon algo muy lindo, y fue una noche fenomenal.

—¿Le divierte cumplir años?

—Algunos ven el vaso medio vacío y creen que cumplir años es tener uno menos de vida. A mí me pega al revés, por el agradecimiento de seguir de este lado. Miro hacia atrás y veo un largo camino recorrido y bien aprovechado. Desde que tengo uso de razón, cumplir años me hace muy feliz, es una verdadera bendición. Y los 35 vienen con salud, fortaleza de espíritu, trabajo…

—…y algún amor.

—¿Cómo sabés?, ... o ¿por qué creés saberlo?

—Hay quienes dicen que habría comenzado una relación con una modelo...

—Siempre dicen esas cosas. No tienen idea.

—¿Nunca hablará de amor?

—Eso lo dejo para los poetas, yo prefiero ejercerlo, pero en silencio.

—¿Fue uno de sus tres deseos al apagar las velitas, o no hizo falta pedirlo?

—No voy a contar mis deseos.

—¿Para evitar que no se cumplan?

—No, para preservar algo de intimidad, no soy supersticioso. Puedo decir qué es lo que pido siempre y más allá de una torta de cumpleaños: la salud por sobre todo y para todos.

La charla ha llegado a su fin, y a la altura de la que Gran Vía se viste de pasarela Cibeles. La fuente y más allá, las Puertas de Alcalá. Dos días después, Arana regresó a Buenos Aires y el resto de una charla a la distancia se hilvanó en tierra local, con el mismo entusiasmo, pero un año más y en su querido barrio de Palermo.

—¿Qué trajo consigo desde Madrid?

—El afecto de nuevos amigos, recuerdos geniales y ocho regalos de cumpleaños. Marcos me dio un libro enorme con fotos del Everest. Betiana me regaló otro y China un pergamino que se abre en varias partes y guarda en su interior una frase preciosa. Otro de sus obsequios fue una canción de Bach para piano y la promesa de enseñarme a interpretarla.

—Luego de un 2006 intenso, hoy ¿cómo es un día en su vida?

—Estoy lleno de proyectos de trabajo y de no trabajo. Y ahora aprovecho el tiempo para dedicarme a las reuniones laborales con más calma y a diario me levanto temprano para entrenar en el gimnasio, porque necesito estar en forma para escalar si es que en algún momento me dan ganas de hacerlo.

—¿Qué tal estuvo la celebración de los 35?

—Muy divertida. Fue el cumpleaños más largo de mi vida, y no lo digo por la noche de ronda que pasé con mis amigos y mi familia, sino porque lo comencé respetando la hora argentina y lo terminé en hora española, por consiguiente, duró cinco horas más.

—¿El más especial en su historia?

—El primer puesto lo sigue teniendo el de 2003. El 29 de marzo de ese año hice cumbre en el Aconcagua, y bajé a festejar mi cumpleaños con la gente del valle. Improvisado como ninguno, pero el más feliz de mi vida.

—¿Para qué cosas podría haber pasado su último tren?

—Gracias a Dios viví plenamente cada una de las etapas de mi vida. Me aterraría no haber hecho las cosas que debía de haber hecho, pero no fue así, sino que aún me queda mucho por hacer y entender.

—Honestamente y para una persona que, más allá del talento, también vive de su imagen, ¿cuánto preocupa el paso del tiempo?

—Nada. Me preocuparía tener 35 y pretender tener una cara de 20. Me daría mucho miedo. Hoy veo mi cara curtida por las experiencias que disfruté, y sonrío. Después de todo no me miro mucho en el espejo.

—¿Qué sucede con el deseo de ser padre y los años que pasan?

—Ese deseo no se ha debilitado, por el contrario, está presente todo el tiempo. Pero seré papá cuando llegue el momento, sin forzar nada. Hoy por hoy, ser padre es algo que sueño, pero no me impide dormir.

—A los 35, ¿qué hay con respecto al amor?

—Sigo viviendo el amor con las tripas, como arañando el techo. No lo concibo de otra manera y nunca lo haré, independientemente de la edad.

—Entonces no pasó el tiempo de las grandes historias de amor…

—Jamás, no me lo creería a los 35 años, ni tampoco a los 90. Moriría de pensar, al menos por un segundo, que eso podría ocurrirme alguna vez.

 

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