Sebastián Soldano
En su trayecto, la línea de grafito dejaba en trazos
indicios del universo de las pequeñas cosas fugitivas de la imaginación
del niño que dibujaba compulsivamente. Cada hoja en blanco era un ticket
de vuelo hacia la frontera entre la fábula y la realidad. El tiempo fue
soplando los dibujos, el niño se hizo mayor, el papel se hizo la vida y el
lápiz, su libertad. Facundo Arana (34) siguió jugando a comenzar cada
mañana a ser hombre, actor, amante. Y, tal vez, sea esa reminiscencia
infantil que lo proyecta como “un buen chico”.
—¿Cómo
se lleva con el mote de “perfecto” que suele darle la mirada de los demás?
—Me hace gracia y, a la vez, me da mucho gusto. No tengo
conflicto que la gente crea que soy el novio ideal, el yerno perfecto o el
hijo ejemplar. Me pone feliz, pero no por mí, sino por mis viejos porque,
en todo caso, es resultado de lo bien que hicieron su trabajo.
—¿Cuánto hay de real debajo de esa imagen?
—Contestar sería buscar una autodefinición, y no me llevo
bien con los rótulos. Ni con los ajenos ni con los propios ni con los que
la gente pretende adjudicarme. Tan sólo soy un cúmulo de infinitas cosas
que se combinan según pueden.
Es recurrente que Facundo escape a cualquier determinismo
porque, como él mismo explica: “Los parámetros implican límites, y
personalmente quiero seguir jugando. Sé que no puedo volar y tampoco
respirar debajo del agua, pero puedo subir a un avión y conectarme un
tanque de oxígeno”.
La memoria trae brisa del océano Atlántico y la charla se
traslada a una playa en donde un niño corre impúdico, porque ni su piel es
un tope suficiente para contener la imaginación. Jorge, el primero de sus
nombres -sugerido por su abuela paterna-, era sumamente introvertido e
inconteniblemente inquieto. “Pasábamos los veranos en Miramar, en una casa
muy cercana al muelle -dice Facundo reproduciendo las palabras de su madre-.
A veces solía desaparecer, y mis padres sabían dónde encontrarme. Podía
pasar horas en la escollera junto a los pescadores, encarnándoles los
anzuelos y a la espera de que hubiera pique para avisarles como el más
eficiente de los asistentes”.
Como presagio del desafío a los límites que esgrimiría
durante el resto de su vida, Facundo, que no había siquiera alcanzado la
década, tenía la manía de trepar los árboles más altos tan arriba como
fuese posible, con un solo objetivo: “Sentir el vértigo de no poder bajar
con facilidad”.
Nuevamente llegaba marzo, y con él otro ciclo lectivo en
el colegio bilingüe Moorlans, en Tortuguitas, y se iniciaba otra rutina de
un boletín con calificaciones inconfesables.“Era un alumno horrible, pero
me querían -admite Arana-. Pasaba el tiempo dibujando, dentro y fuera del
colegio, sabiendo que en diciembre o en marzo rendía las materias sin
problemas”.
—¿Qué dibujaba?
—De todo. Era muy buen dibujante, pero detrás del hecho
artístico me movilizaba la magia de la hoja en blanco y el poder de
convertir ese vacío en una galaxia de cosas.
—¿Dónde quedó ese arte?
—Ahí, en el último trazo. Cuando creí que ya había
dibujado demasiado pasé a otra actividad. No se puede con todo...
—¿Entonces el niño introvertido dejó salir a Facundo?
—Es que ese era Facundo, el mismo de hoy. Actualmente mi
profesión me obliga a estar masivamente expuesto, pero soy un hombre muy
introvertido. Hablo con quien tengo que hablar y digo lo que tengo que
decir, pero no dejo de ser retraído.
—Está rotulándose.
—Sólo remarco uno de los tantos aspectos que, en mayor o
menor grado, tenemos todos.
—¿Qué quedó de aquel niño?
—La capacidad de soñar y la facilidad para la fantasía. No
se puede vivir sin al menos una, porque sería como ponerle un cerco al
alma.
—¿Puede relatar alguna de sus fantasías?
—Tengo tantas que no podría ahondar tan sólo en una, pero
después de todo, mis fantasías son exclusivamente mías.
—¿Quedaron vestigios de caprichos infantiles?
—De niño fui caprichoso y jamás dejé de serlo… (reflexiona).
Ahora soy caprichoso, pero bien. Los años me permitieron saber cuándo,
cómo, dónde y hasta qué punto serlo.
—Algo rebelde, huidizo y caprichoso. ¿Tuvo muchas
penitencias?
—Nunca.
Fue de tarde, cuando llegó el comentario que daría un giro
al juego. “Experimenté algo que me partió la cabeza -comentó su mejor
amigo-, quiero que me acompañes a la segunda clase de teatro”. “Buscá otro
compañero, yo no voy”, respondió Facundo una y varias veces más durante
las semanas siguientes. Tenía 15 años cuando, vencido por la insistencia,
ingresó en el taller de Alicia Muzzio. Nunca más se alejó.
—¿Cuál fue la opinión de su familia?
—Si estuvieron o no de acuerdo se lo guardaron de por vida.
Mamá, papá y mis tres hermanas siempre me acompañaron, protegieron y
respetaron. Me siento orgulloso, porque es lo que debe pasar en toda buena
familia.
El
romance entre Facundo y el saxo ya llevaba tres años de exquisita melodía
blusera, tal vez algo nostálgica para esos tiempos de juventud.
—¿Fue un adolescente melancólico?
—He sido y sigo siendo muy melancólico. Suelo atravesar
todos los estados de ánimo, pero cuando caigo en ese, el sentimiento me
recorre todo el cuerpo. Y en algún punto me parece enriquecedor, porque
para saber reír con intensidad es necesario saber hasta dónde llega la
capacidad de llorar.
Otra vez los dados lanzados al azar dieron vuelta el
tablero de juego y Facundo no cayó en un buen casillero. En 1989, los
médicos le diagnosticaron mal de Hodgkin, y el cáncer se apoderó de los
ganglios linfáticos del cuerpo del joven de 17 años. Tras diez meses de
tratamiento y cinco años de controles, le dieron un comodín para seguir
jugando.
—¿Cómo sigue el juego, luego de un golpe de esa
magnitud?
—No lo sé, y creo que no lo sabré nunca. Porque después de
esa tragedia vinieron muchas más, tal vez más fuertes que un cáncer. Tan
sólo seguí viviendo. La vida es una construcción de tiempo, y pasa mucha
agua debajo del puente. Se hace foco sólo en esa situación, porque de ella
se ha hablado demasiado.
Un pasillo de alguna estación de subte hizo que Facundo
avanzara varios casilleros. Al ver su estuche de saxo, un saxofonista
callejero lo invitó a tocar con él, y fue entonces cuando Arana supo que
debía encontrar su propio espacio. Durante diez meses llenó de música la
estación Pueyrredón, de la línea D del metro porteño, y llamó la atención
de uno de los productores de la tira “Canto rodado”, quien lo
convocó a un casting de jóvenes valores.
—Usted y el destino. ¿Quién eligió a quién?
—Hasta eso tiene su equilibrio. Por lo general uno siempre
piensa que hará lo que quiere y, en realidad, termina haciendo lo que
puede. En mi caso particular, lo que hice fue lo que quise y pude hacer
mucho más. Creo más en los factores voluntad y perseverancia. Si uno no
llega a algo en la vida es porque nunca se ha movido.
—¿Qué hubiese sido de Facundo Arana si hubiese tocado
el saxo en otra estación?
—Sería otras miles de cosas que soy. Entre ellas actor,
porque el título de actor no lo da el trabajo en televisión. Me hubiese
ganado la vida tocando el saxo, dibujando, haciendo malabares frente a un
semáforo o siendo actor callejero, como lo hice en Plaza Francia donde
hacía narraciones de autor.
Y en el juego que confiesa estar jugando, Facundo irrumpió
en un vestidor de escenario y acomodó sobre su piel numerosos disfraces de
nombres variados. Ha sido fugitivo en el cine, el agente en una central
policial y hasta un sacerdote enamorado, entre otros tantos. Actualmente
protagoniza, junto a Natalia Oreiro, “Sos mi vida” (Canal 13), la
tira televisiva líder en audiencia.
—¿El éxito provocó conflicto entre usted y su ego?
—Todo llegó tan de a poco que no me di cuenta. Gracias a
Dios, nunca he tenido problemas con el ego, algo tan sensible y tan
difícil de dominar cuando se sale de control. En esos casos se debe pensar
en los grandes de verdad como, por ejemplo, China Zorrilla o Pepe Soriano,
y la forma en que han recorrido su camino. Igualmente no me gusta la
palabra “éxito”.
—¿Por qué?
—Porque suele reducir el significado sólo a un sentido
laboral, y me gusta utilizarla para describir una situación personal y no
de afuera. Mucha gente, dueña de altos picos de rating, no es feliz
consigo misma ni con lo que hace. ¿Se puede decir que son personas
exitosas?
—Entonces usemos otro término. ¿Ha renegado alguna vez
de su popularidad?
—Uno se puede quejar, tal vez, por algún tipo de acoso
fanático, pero renegar porque a uno le vaya bien es realmente comenzar a
no merecerlo.
“Disculpen que interrumpa, pero siempre admiré tu forma de
ser y realmente te felicito por tu carrera…”, dijo una chica que hasta
hacía instantes ocupaba la mesa contigua. Y antes que la joven terminase
su compulsivo discurso de elogios sin puntuaciones, Facundo dejó su
hamburguesa y quedó plasmado en la cámara fotográfica.
—Facundo Arana vs. Martín Quesada.
—El personaje de Martín es una exagerada pero perfecta
caricatura de Facundo, desde lo más gracioso a lo más dramático. Por lo
general todos los personajes tienen algo de mí o al menos representan un
costado de mi personalidad.
—¿Arana podría enamorarse de una chica como Esperanza
“la Monita” Muñoz (personaje que interpreta Natalia Oreiro)?
—¿Quién no se ha enamorado de una Monita alguna vez? Es
imposible que no me seduzca una delicia que exuda libertad y se desespera
por la vida. Le pasa al público, es un personaje que se mete hasta en los
poros de los camarógrafos.
—¿Cuál es la clave de la dupla con Oreiro?
—Es algo que no se explica con palabras. Cuando dicen
“acción” comienza la magia entre los dos. Se dispara el humor, la química,
todo encaja a la perfección, y cuando terminamos chocamos los cinco y nos
vamos cada uno a su casa.
—La
relación personal entre ustedes ¿continúa fuera?
—Es que no necesitamos vernos fuera de lo laboral. Pasamos
mucho tiempo juntos, y entre escenas tenemos momentos para divertirnos.
Conversamos mucho y somos confidentes de nuestras cosas.
—¿Existe algo que seguramente jamás haría?
—Dar un paso atrás en cualquier orden de la vida, ni para
tomar carrera. Lo juro por mamá.
—¿Planifica su futuro?
—Si tuviese que planificar de acá a diez años, me
aburriría y abandonaría el plan. Es un acto de soberbia, los empresarios
lo hacen con sus empresas, porque pase lo que pase con ellos los negocios
siguen funcionando. Pero especular planes a largo plazo para la vida de
uno es sencillamente una locura.
Mientras los ojos de Facundo siguen el hilo de mayonesa
que pone sobre una de las papas fritas que pidió, no es difícil imaginarlo
junto a una mujer como la que interpreta Oreiro en la ficción: una ex
boxeadora, desprejuiciada y con fresca honestidad.
—¿Queda algún prejuicio con respecto al amor?
—No soy para nada prejuicioso, pero de amor que hablen los
poetas, yo lo actúo.
—Pero usted ama.
—También.
—¿Cómo ama Facundo Arana?
—Tal cual y como vive. Sin mucha atención a las formas,
para que no se diluya el sabor original de las cosas. Cuando estoy
enamorado, además de ser atemporal, me lleno de contradicciones, puedo ser
el poeta más romántico y a los cinco minutos el peor de los idiotas.
—¿Tantas mujeres fascinadas modificaron el modo de
seducción?
—Las esencias no cambian. Si el papel de galán o la
popularidad me cambiasen la manera de ser con las mujeres, me odiaría.
Mucho menos teniendo en cuenta que hace diez años tengo al lado a la misma
mujer (Isabel Macedo).
—¿Cómo se lleva con el galán?
—Galán se desprende de galante. ¿Por qué habría de
llevarme mal con un concepto positivo y no dejar que me llamen así?
—¿Se rebela alguna vez?
—Muy seguido, contra el maltrato innecesario y desmedido,
ya sea hacia mí o hacia cualquiera. Paradójicamente, el maltrato me pone
violento.
—¿De qué se jacta?
—De estar vivo.
—¿Es ambicioso?
—Tengo tantas y variadas ambiciones como creo tienen todos,
pero son lindas ambiciones. Por ejemplo: volver a escalar el Aconcagua y
quedarme más tiempo, y tener una familia con hijos que se sientan
orgullosos de su padre como yo de los míos.
—¿A qué suele ser desobediente?
—Soy un desobediente de la vida, tal vez porque obedezco
mis impulsos, y eso a veces quiebra algunas pautas. Pero mis
desobediencias no le hacen mal a nadie.
—¿Cuál es su lado más salvaje?
—El momento previo a tratar de reprimir una emoción o
impulso que sé que debo controlar.
—¿Cómo es Arana enojado?
—Terrible, muy jodido en esos momentos, tanto que puedo
llegar a los golpes. Pero así como viene el sentimiento se va. Y siempre
me quedará la duda de si se siente tan terrible por fuera como lo siento
por dentro.
—¿Qué es lo que suele escatimar?
—No me compro ropa, y cuando lo hago elijo las prendas que
parecen viejas o por lo menos a mí me quedan de esa forma.
—¿Le preocupa la imagen?
—Quien dice que no le importa su apariencia, miente. Con
dos pilchas o sin dinero suficiente, no hay quien no le preocupe la
estética. No existen casas sin espejos.
—¿Cuál es el valor prioritario de la vida?
—La vida. La vida de los míos antes que la mía.
—¿Teme al paso del tiempo?
—El paso del tiempo me alucina. Me sorprende encontrarme
aquí con 34 años, sano y entero. No me adelanto a la vida. Suelo mirar
hacia atrás y valorar lo recorrido.
El niño inquieto de la playa volvió a la mesa con una gran
hoja en blanco, y con un trazo de extrema pureza dibujó su futuro con su
clásica capacidad de vuelo.
—¿Cómo será Facundo anciano?
—Un viejo de barba larga, sentado en su silla mecedora
frente el fuego de la chimenea con algún paisaje del sur argentino que se
ve desde la ventana, con el saxo encima y un Tía María al lado. Imagino un
nieto, a quien un amigo le dice: “Qué deteriorado está tu abuelo”. Y él,
mostrándole una foto de mi juventud responde “pero mirá lo que era el
chabón!”.
—¿Dónde habrá quedado el actor?
—Si se refiere al trabajo como actor, no lo sé. Debería de
preguntárselo al anciano.
—¿Qué cree que responderá?
—Seguro que sonreirá y seguirá tocando el saxo.
Cuando octubre finalice, también lo harán las grabaciones
de “Sos mi vida”, y Facundo volverá a buscar al niño en la playa.
“Nunca me canso y espero tomar un recreo laboral para escalar alguna
montaña, surfear o pilotear algún avión -confiesa-. La vida es como una
cancha cercada por el respeto y la conciencia. En ese campo de juego me
muevo como quiero porque hay espacio suficiente para hacer lo que siempre
hice y jamás dejaré de hacer: jugar”.
www.caras.uol.com.ar